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Marilyn Monroe: no llores muñeca. ANTONIO BELLO QUIROZ

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Antonio Bello Quiroz

Ella tenía hambre de amor y le ofrecimos tranquilizantes.

Para la tristeza de no ser santos se le recomendó el Psicoanálisis.

Ernesto Cardenal.

Sé que nunca seré feliz, pero sé que puedo ser alegre

Marilyn Monroe

Quizá la figura de Marilyn Monroe sea el mayor símbolo sexual de toda una época. Se trata de La Diva por excelencia. Su belleza, y quizá su inocencia, despertó las pasiones de no pocos hombres, e incluso de algunas mujeres. Nacida el 1 de junio de 1926 de una madre que termina sus días internada en un hospital psiquiátrico y de un padre desconocido. Fue llamada Norman Jeane Baker, sin embargo ella utilizaba el apellido Mortenson que era el apellido (modificado) del que fuera esposo de su madre cuando nació la futura diva. Marilyn Monroe fue registrado legalmente como su nombre y apellido hasta 1955. Su vínculo con el psicoanálisis fue muy intenso, y con diversos psicoanalistas. Su paso por el diván la acompañó casi durante toda su vida profesional. Su paso por el diván de un psicoanalista marcó su vida hasta el momento de su muerte y nunca estuvo exenta de controversia en cuanto a las técnicas con que fue tratada. Su peregrinar por el psicoanálisis la llevó a pasar por los consultorios de Margaret Hoheberg, Marianne Kriss, y antes por un breve periodo de un mes con Anna Freud en Londres. Sin embargo, la relación más profunda y compleja la establece con Ralph R. Greenson. Se trata de tratamientos que fracasan y sus terapeutas terminan convertidos en impotentes convidados de piedra ante la caída libre de la actriz que no encontró ahí asidero simbólico alguno sino puros simuladores imaginarios.

Su tratamiento más intenso fue llevado por Romeo R. Greenschpoon, quien en la literatura psicoanalítica se hizo reconocer como Ralph R. Greenson, y cuya obra de mayor presencia es Técnica y práctica del psicoanálisis. Se trata un psiquiatra y psicoanalista estadounidense que fue analizado por Otto Fenichel. Es paradójico que su obra más relevante se promocione como un manual del tratamiento que se realiza desde el psicoanálisis cuando es conocido su fracaso en una de las condiciones fundamentales que el psicoanálisis impone desde Freud: no soltar el cuerpo. Quizá sea de los primeros psicoanalistas que han trabajado en la meca de la imagen, sin poder separarse del cautiverio de la imagen. Greenson se volvió “el psicoanalista de Hollywood”. Por su diván pasaron, entre otros, Frank Sinatra, Tony Curtis, Celeste Holm, Vicente Minnelli y, sobretodo, Marilyn Monroe.

Este médico, psiquiatra y psicoanalista fue interrogado con severidad ante la misteriosa muerte de Marilyn Monroe. Un suicidio-homicidio que nunca ha sido claro. El psicoanalista es interrogado sobre todo a partir de descubrirse que la hermosa rubia le había dado una cinta magnética. Él fue, además, el primero en encontrarla muerta. Los cuestionamientos al psicoanálisis no faltaron. La disciplina inventada por el maestro vienés fue puesta bajo la lupa con infinidad de comentarios negativos, tanto como infundados: nunca se entendió que los efectos no pueden ser atribuidos al psicoanálisis sino, en todo caso, al psicoanalista. La cuestión ha sido compleja, al grado incluso que Greenson fue inculpado por la muerte de su célebre paciente por el biógrafo de ésta, Donald Spotto. Su muerte será siempre un misterio: ¿suicidio u homicidio? La realidad no la conoceremos nunca, pero ante esta imposibilidad de saber, resultan contundentes las palabras que pronunció el escritor Truman Capote, amigo de la actriz: “fue la muerte quien la mató”.

Se conoce la profundidad de estas grabaciones donde la paciente decía que “El sexo sirve para que te amen. O para creer que te amen, en cualquier caso. O para creer que existes simplemente. Para perderé sin pertenecer. Para desaparecer sin que te maten”. Así de directa era esa bella y audaz mujer que prefería hacer el amor con las cámaras, aunque reconocía que no era mejor que con un hombre, porque “no es más que un cuerpo y no es más que una mirada que te posee al pasar”.

Aun cuando en los primeros tiempos de la historia del psicoanálisis las relaciones sexuales entre pacientes y analistas se presentaban con frecuencia, la cuestión siempre fue rechazada por el maestro vienés Sigmund Freud. Incluso se sabe que fue la causa de fondo para el rompimiento con quien fuera su discípulo preferido, Carl Gustav Jung, quien mantuvo una relación sexo afectiva con su famosa paciente Sabina Spielrein, quien después también se hizo psicoanalista.

El propio Ralph Greenson lo sabía, o se supone que entendía que en el núcleo de la experiencia analítica, la figura del psicoanalista es investido como el padre, en ocasiones, y también como la madre, aunque se trata (él lo reconoce en su libro citado), de la madre de la separación corporal primaria, la que después de ser todo para el infante le infringe su propia falta, más que de la madre-mujer de la intimidad. También coloca, como es, a la palabra (la dimensión simbólica) como el vehículo de la cura evitando el contacto físico cargado de imaginarios. Sabía de estos límites, sin embargo, él mismo se autoriza a ir más allá de ellos. Por lo menos así lo deja escrito en dos párrafos de su obra más reconocida: “Hacía Freud (1915) la importante recomendación de que el tratamiento se llevara hasta donde fuera posible con el paciente en estado de abstinencia. Y lo especificó bien claramente: la cura analítica ha de desarrollarse, dentro de lo posible, en la abstinencia”. Sin embargo, un poco más adelante escribe: “Hay otras formas de satisfacción y provocaciones de transferencia que puede suscitar el deseo inconsciente del analista de ser guía, mentor o padre del paciente. Esto suele hacer que el analista dé consejos, charle, sea excesivamente tranquilizador o se preocupe demasiado. Surge una complicación más grave cuando el analista se hace consciente o inconscientemente seductor. Esto no sólo excita los anhelos incestuosos del (o la) paciente sino que provoca una enorme culpabilidad y prolongada idealización excesiva del analista. Y cuando esto se hunde queda mucha rabia y angustia”. Esto es justamente lo que termina siendo Greenson para la diva.

Pese a saberlo, Greenson no pudo resistir y soltó el cuerpo con Marilyn Monroe. Más allá de los motivos que pudieran aducirse, en esta transgresión de los principios y límites del análisis se juega la propia estructura del psicoanalista. Lo que aquí se pone en cuestión es el núcleo de la experiencia psicoanalítica, es decir, la relación transferencial que le da soporte y singularidad al psicoanálisis. En la transferencia se pone en juego una demanda de amor, a la cual se responde con el uso de y nada más que la palabra.

Se sabe que ya antes Marilyn había sido diagnosticada, quizá de manera salvaje, por Anna, la hija de Sigmund Freud, como “paranoica con tintes de esquizofrenia”. No hay forma de asegurar que en ella se pudo expresar este diagnóstico mediante una erotomanía hacia el psicoanalista; sin embargo, aunque así fuera, no justifica en nada que el cuerpo haya participado en el vínculo transferencial, por más que se reconozca la complicación que debió ser analizar a la mujer más deseada de la época.

Marilyn Monroe muere de manera hasta hoy incierta la noche del 4 de agosto de 1962. Tenía dos años de trabajo con Ralph R. Greenson, dos años de un apego sin límites, absolutamente pasional. Ella incluso le pagó al psicoanalista para ser su paciente en exclusiva. Ya en una experiencia anterior de análisis realizada con Margaret Hohenberg, aunque por razones completamente diferentes, había acudido cinco veces por semana con la psicoanalista (como en los tiempos de los pioneros del psicoanálisis), en febrero de 1955. Esta psicoanalista tampoco puede sostener la transferencia y termina por asociarse comercialmente con Marilyn, se volvió algo así como su consejera financiera.

Este tratamiento le fue recomendado a la actriz por su maestro de actuación Lee Strasberg, quien utilizaba el método Stanislavsky y veía en la técnica inventada por Freud una vía para liberar a los actores o actrices de sus miedos o atavismos emocionales que les impedían hacer un teatro más intenso y vivo.

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